Susana caminó con mucha agilidad hasta la barra, sorteando a todas las personas que iba encontrando en su camino. 

 

—¡Ponme tres cervezas! —dijo cuando estuvo lo suficientemente cerca del camarero.

 

A los pocos minutos, ya estaba regresando a la mesa, con tres botellas de cristal entre sus manos. Se sentó al lado de Lara, repartió las bebidas y abrazó a su amiga. 

 

—Ese tío era un imbécil —señaló tras soltarla.

—Pues ese imbécil ha estado engañándome con su compañera de trabajo más de un año —afirmó Lara justo antes de dar un sorbo a su cerveza. 

—Vale, era un desgraciado —dijo Carla, la tercera en discordia—, pero que te martirices no va a solucionar nada. 

—¿Y qué debería hacer, según tú?

—Acostarte con otro.

 

Lara se ruborizó. 

 

—No estoy preparada —reconoció.

—Cariño, nunca se está lo suficientemente preparada, pero un clavo saca a otro clavo —afirmó Susana.

 

La joven no estaba segura de si lo que le decía su amiga le serviría de algo o no, pero lo que estaba claro era que no iba a conseguir nada quedándose en casa. Tres semanas atrás, había descubierto que Rober, su Rober, el hombre con el que se iba a casar en octubre, le estaba engañando con una compañera de trabajo diez años mayor que él. Era una mujer divorciada, que había aprovechado el dinero que le pasaba mensualmente su exmarido para apuntarse a clases de spinning y operarse los pechos. Cuando se enteró, se sintió profundamente traicionada; no esperaba eso del único hombre al que realmente había amado. Ahora, sus amigas, que por fin habían logrado sacarla de casa, le proponían que conociera a otros hombres, e incluso que mantuviera relaciones sexuales con alguno, pero ella no se veía capacitada; no se sentía con fuerzas para entablar siquiera una conversación con otro chico.

 

—No creo que pudiera hacerlo —dijo por fin. 

—¿Por qué no? —inquirió Carla.

—Porque es demasiado para mí, al menos por el momento. Creo que debería centrarme en mi trabajo y olvidarme un tiempo de tener pareja.

—¿Pero quién ha dicho nada de pareja? —preguntó Susana—. Nosotras hablamos de echar un polvo, de darle una alegría al cuerpo. Lara, estás en los mejores años de tu vida, no dejes que un desgraciado te amargue. 

 

Ella lo meditó un segundo.

 

—Tienes razón, pero igualmente sigo pensando que no podría hacerlo. Me cuesta demasiado comenzar a hablar con alguien, me pongo nerviosa y…

—Pues tómatelo como un juego —sugirió Carla.

—¿Un juego? —Aquella afirmación había atraído el interés de Lara.

—Sí. Descárgate Tinder.

—¿Tinder? ¿Qué es eso?

—Oh, por favor, ¿de verdad nos estás diciendo que no sabes lo que es Tinder? —preguntó extrañada Susana.

—Pues no, no lo conozco. ¿Es una nueva forma de ligar? Te recuerdo que llevo diez años con Rober y…

 

Antes de que terminara la frase, Carla ya le había quitado el bolso y se puso a buscar su teléfono móvil.

 

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —preguntó indignada Lara—. ¡Ese es mi bolso!

—Relájate, será solo un momento. 

 

Al cabo de unos minutos, le enseñó la pantalla de su móvil. En el menú principal, al lado de la aplicación del banco, había aparecido un nuevo icono.

 

—Ya tienes Tinder, ahora solo hay que hacerte un perfil. 

—¿Un perfil? —inquirió la joven.

—Sí. Ya sabes, publicar algunas fotos, poner algo sobre ti… lo típico. 

—Hay muchos tíos, incluso, a los que no les hace falta nada de eso para tratar de ligar contigo —añadió Susana. 

 

Carla se puso a escribir algo y, cuando terminó, le hizo una foto a Lara.

 

—Sonríe —dijo al tiempo que se disparaba el flash del teléfono. La mujer dio un respingo en su asiento al tiempo que derramaba un poco de la cerveza. 

—No irás a subir esa foto, ¿verdad?

—Relájate, sales muy bien.

 

Cuando se dio por satisfecha, le devolvió el móvil a su amiga. 

 

—Ahora solo tienes que esperar. O ponerte tú a buscar hombres, lo que prefieras. 

 

Lara agarró el teléfono y comenzó a explorar a través de la nueva aplicación. 

 

—Vaya… ¿y así es como se conoce gente hoy en día?

—Es una de las formas, sí —respondió Carla asintiendo con la cabeza. 

 

Comenzó a observar la ristra de diversos hombres que iban apareciendo en la pantalla. Algunos eran atractivos, otros trataban de ser ingeniosos en las descripciones, pero la mayoría tenían fotos donde se les podía ver sin camiseta. Le pareció curioso y triste a la vez. ¿Dónde habían quedado las conversaciones banales? ¿Qué había sido de atreverse a hablar con la otra persona sin saber siquiera si le gustarías o no? Ahora, todo resultaba demasiado artificial, excesivamente superficial. 

Guardó el móvil en su bolso y continuó charlando con sus amigas. Las siguientes rondas dieron para diversos temas de conversación, pero el principal siguió siendo el mismo, aquel que lo había monopolizado todo esa noche: Rober. Sin querer, Lara siempre terminaba hablando de él, pero no era culpa suya; todo le recordaba a ese desgraciado.

 

—Ya está bien —había espetado Carla después de que hubiese sacado el tema por enésima vez—. Nunca vas a superarlo si sigues hablando constantemente de él.

—Lo se, pero no puedo evitarlo. 

—Como vuelvas a hablar de él… —comenzó a decir Susana, amenazándola con el dedo índice— te tiro la copa encima.

 

Lara abrió la boca, completamente indignada.

 

—No te atreverás… este vestido me ha costado una pasta. 

—Pruébame, cariño —dijo endureciendo el gesto.

 

La mujer le sostuvo la mirada. Despegó los labios, pero antes de que pudiese decir nada, su amiga le había derramado la bebida por encima. Se levantó como un resorte de su asiento; aquel líquido estaba helado y le había calado hasta la ropa interior. 

 

—¡Pero si no había dicho nada! —exclamó indignada.

—Por si acaso —respondió con una sonrisa falsa.

 

Lara estaba enfurecida.

 

—Zorra —dijo antes de salir del bar.

 

Fuera, el sol ya se había ido y, aunque no era una noche demasiado fría, llevar la ropa completamente empapada le hacía estremecerse. Por suerte para ella, su casa no estaba muy lejos de allí, por lo que caminó lo más rápido que pudo hasta llegar al portal. Subió las escaleras de dos en dos y, cuando llegó a su apartamento, fue directa al cuarto de baño; necesitaba darse una ducha. 

Al salir, se puso un albornoz, se lió una toalla al pelo y se sentó en el sofá. Empezó a pensar en todo lo que le habían dicho aquella tarde sus amigas y decidió que, a la mañana siguiente, llevaría el vestido al tinte, a ver si podía salvarlo. Fue entonces cuando recordó la aplicación que le había descargado Carla. Se acercó al bolso, lo abrió y sacó el teléfono; tenía varias notificaciones y mensajes nuevos. Desbloqueó el móvil, volvió a sentarse y comenzó a examinar uno a uno a los hombres que habían tratado de conectar con ella. 

Un gran número fue descartado enseguida. La inmensa mayoría buscaban únicamente una aventura de una noche. Seguramente, era a esa clase de hombres a los que se referían sus amigas cuando le crearon una cuenta, pero no era lo que necesitaba en ese momento de su vida; no buscaba el sexo por el sexo, necesitaba algo más. 

Otro gran puñado de personas fue rechazado por resultar demasiado planas. Todas habían iniciado la conversación de una forma semejante:

 

—¡Hola! ¿Cómo estás?

—¡Hola! Tirada en el sofá. ¿Y tú?

—Bien. ¿A qué te dedicas?

 

Tras cruzar las mismas palabras con el sexto tío consecutivo, se decantó por no responder a todo aquel que tratase de entrarla de aquella manera. 

Pero, de entre todos aquellos especímenes, hubo uno que llamó especialmente su atención. Era uno de los pocos que tenía una descripción coherente, aunque corta, y que, además, no había colgado una foto de su torso desnudo.

 

 

Juanjo, 32

A 10km de distancia.

 

Administrativo de profesión, pintor por vocación. 

Me encantaría conocer gente para entablar una buena 

conversación y tomar un café. 

 

Había que reconocer que el chico era mono. Pensó en escribirle, pero antes de que pudiese hacerlo, él dio el primer paso.

 

Juanjo: ¡Hola! ¿Cómo estás?

 

Oh, no, ¿otro más? Quizás no era tan interesante como aparentaba. A pesar de todo, contestó:

 

Lara: ¡Hola! Bien, ¿y tú?

Juanjo: Bien. Acabo de salir de una exposición de arte que hay en el centro.

 

Vaya, no era de esos con la conversación típica, sino más bien de los que les gusta mucho hablar de ellos mismos. 

 

Juanjo: Creo que eres la primera persona que me cruzo por aquí a la que le gusta Schopenhauer.

 

¿Qué? ¿Cómo sabía eso? Echó un vistazo a la descripción de su biografía y entonces recordó que no había sido ella quien la había escrito, sino Carla. Al leerla, maldijo a su amiga.

 

Lara, 29

 

Adicta al café y a las largas charlas irrelevantes. 

Paulo Coelho no, Schopenhauer sí.

He acabado aquí porque mis amigas me han hecho Tinder. 

Si quieres hablar conmigo, empieza con un “Hola, ¿cómo estás?”

 

Eso último explicaba muchas cosas. 

 

Juanjo: A mí tampoco me gusta Coelho.

 

Lara sonrió. Ese chico parecía simpático. 

 

Cuando quiso darse cuenta, llevaba más de dos horas hablando con Juanjo. Había conectado realmente bien con aquel hombre, la conversación fluía sola y habían tocado temas sumamente interesantes; a decir verdad, jamás hubiese creído que hablaría de ellos con una persona que usaba esa aplicación. 

 

Lara: ¡No puedes decirme en serio que prefieres ver la película antes que leer el libro!

Juanjo: Es más rápido.

Lara: ¿Eso es lo que verdaderamente te importa, la rapidez? 

Juanjo: Bueno, yo…

Lara: ¡Un libro lo haces tuyo! A pesar de que el autor tenga una visión de los personajes, de los escenarios y de los acontecimientos, eres tú, como lector, el que finalmente termina dándoles vida. Tú los moldeas, le das tu toque. Eso no pasa en una película. 

Juanjo: Estoy totalmente de acuerdo contigo. Eso es, básicamente, lo que siento cuando pinto.

Lara: es verdad, lo había olvidado, eres pintor.

Juanjo: Bueno, ojalá pudiese serlo. Básicamente, le dedico parte de mi tiempo libre. 

Lara: Eso es hermoso, eres un artista.

Juanjo: Gracias por el cumplido. Lástima que los mecenas no piensen como tú y no quieran que exponga mis cuadros…

Lara: Yo estaría encantada de ver alguno de ellos.

 

¿De vedad había dicho eso? «Lara, vete a dormir» pensó.

 

Juanjo: Claro, yo estaré encantado. Pero, si quieres, antes de ver mis cuadros, podríamos tomar un café. No quiero asustarte enseñándote mis obras la primera vez que nos veamos.

 

No supo muy bien qué responder a eso. Realmente, aquel chico parecía encantador, pero no tenía muy claro si estaba preparada o no para conocer a una nueva persona; lo de Rober estaba todavía muy presente. Decidió irse a dormir sin contestar; era tarde y siempre podía alegar que se había quedado dormida con el teléfono en la mano.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba, su móvil vibró. Corrió al instante a cogerlo y, al desbloquearlo, vio que había recibido un nuevo mensaje en Tinder.

 

Juanjo: ¡Buenos días! Espero que no te asustara mi proposición. Me has caído muy bien y, realmente, me gustaría conocerte en persona.

 

Llegados a ese punto, solo le quedaba una cosa por hacer. Buscó en la lista de sus contactos el número de Susana y la llamó sin pensar en la hora que era y en que, aunque ella volvió temprano a casa, sus amigas no habrían hecho lo mismo.

 

—¿Sí? —inquirió una voz adormilada al otro lado de la línea.

—Susana, soy Lara. Tenemos que hablar.

 

La mujer tardó un rato en contestar.

 

—Joder, Lara, ¿sabes qué hora es? 

 

La joven se despegó el teléfono de su oreja.

 

—Sí, las nueve —respondió.

—¡Exacto! Las nueve. No llevo ni una hora en la cama, por el amor de Dios. 

—Ha ocurrido algo importante que debo contarte. 

 

Susana gruñó.

 

—Sea lo que sea, seguro que puede esperar. Adiós.

—¡No, Susana! Yo…

 

Pero antes de que pudiese replicar, su amiga ya había colgado. Pensó en llamar a Carla, pero probablemente su estado sería similar. Solo le quedaba una cosa por hacer.

 

Lara: ¡Hola! Disculpa, anoche me quedé dormida. No me has asustado, ¡para nada! Solo que acabo de salir de una situación un tanto complicada y me gustaría conocerte un poco más antes de que nos veamos en persona. 

 

Los minutos hasta que él respondió se le hicieron eternos.

 

Juanjo: Por supuesto, te entiendo perfectamente. Yo también he pasado por una situación complicada. ¿Cómo se llamaba la tuya? La mía era Erika. 

 

Ese comentario le hizo reír; el chico era ingenioso. 

 

Lara: Rober.

Juanjo: Bueno, Lara, ya que quieres que nos conozcamos mejor, te propongo un juego: pregúntame lo primero que se te pase por la cabeza. No pienses, solo dilo.

 

Lo meditó tan solo un instante.

 

Lara: ¿Empirismo o racionalismo?

Juanjo: Esa pregunta se ha quedado un poco anticuada, ¿no te parece?

Lara: Lo sé, es que me va lo vintage.

Juanjo: Entonces te gustará mi estilo artístico.

 

Las horas hablando con aquel hombre tornaron en días y, verdaderamente, se sorprendió al ver que podría llegar a sentir algo por él. 

Finalmente, decidió no contarle nada a sus amigas. Por suerte, Susana todavía estaba un poco borracha cuando recibió la llamada, por lo que no se acordaba de nada al despertar. 

Una tarde, al salir del trabajo, volvió a escribir a Juanjo. 

 

Lara: Mañana tengo el día libre, ¿qué te parece si nos tomamos ese café?

 

Al cabo de una hora, respondió.

 

Juanjo: Me encantaría. ¿Dónde te viene bien?

 

Quedaron en una cafetería cercana al metro. Así, pensó, si la cosa iba mal no tardaría mucho en regresar a casa. Llegó con bastante tiempo de antelación, se sentó en una de las mesas de la terraza, pidió y sacó de su bolso un libro. A los pocos minutos, la voz de un hombre la sacó de su lectura.

 

—¿Lara? Has llegado pronto. 

 

La joven levantó la mirada. Allí estaba, Juanjo; era más alto de lo que esperaba. Llevaba una camiseta negra, un pantalón vaquero, unas zapatillas de deporte y una mochila gris. En persona resultaba más apuesto que en las fotos y, aunque no supo explicar por qué, había algo en su tono de voz que le atraía. 

 

—¡Hola! —exclamó dejando el libro sobre la mesa—. Sí, no me gusta llegar tarde a los sitios.

 

Torpemente, se levantó de su asiento, no sin antes darse un golpe con la mesa. Él fue a darle dos besos, ella quiso estrecharle la mano y la situación se volvió un tanto ridícula. Finalmente, optaron por hacer ambas cosas. 

 

—¿Qué estabas leyendo? —inquirió él.

—‘La historia de la locura en la época clásica’, de Foucault.

—¡Vaya! Un tema realmente interesante.

 

El camarero se acercó a tomarles nota y, al cabo de unos minutos, regresó con la comanda. A raíz del comentario sobre Foucault, la charla se volvió realmente interesante, tanto que tuvieron que pedir una segunda ronda. 

Antes de que les sirvieran, Lara tuvo que ir al baño; el café empezaba a bajar. Al regresar, encontró a un sonriente Juanjo esperando con dos tazas de café humeante. Se sentó a su lado, dio un sorbo a su bebida y continuaron hablando.

 

—¿Y cuál es la temática de tus pinturas? —preguntó ella. Comenzaba a tener el estómago revuelto, quizás debido al exceso de cafeína, pero no le dio importancia.

—Pues trato de plasmar en mis obras aspectos cercanos al ser humano: el amor, la desidia e, incluso, la muerte. 

—Realmente interesante —afirmó.

—Gracias. Aunque es cierto que el tema de la muerte no termino de captarlo bien. 

—Ah, ¿no? ¿Y a qué crees que se debe? 

—No lo sé, quizás debería hacer una investigación en profundidad. 

 

El malestar tornó en mareo y se le comenzó a nublar la vista. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Estaría enfermando? Cuando había llegado al bar estaba bien y, sin embargo, ahora solo quería vomitar y meterse en la cama.

 

—Oye, Juanjo, empiezo a encontrarme un poco mal —dijo de pronto—. Creo que será mejor que me vaya a casa y continuemos otro día.

—Por supuesto, lo comprendo —respondió con tono de preocupación—. ¿Quieres que te acompañe? Tienes mala cara y me sentiría fatal si te pasase algo por el camino.

 

Aquella propuesta le pareció extraña. Apenas conocía a ese hombre, pero había sido tan amable con ella todo el tiempo que, quizás, solo quería seguir siéndolo hasta el final. Además, no le vendría mal que alguien le ayudase a bajar las escaleras del metro.

 

—Claro. Muchas gracias —respondió con una sonrisa. 

 

Fue a sacar el monedero para pagar la cuenta, pero él insistió en invitarla. Se levantaron y, lentamente, caminaron hacia la boca del metro. El malestar de Lara iba en aumento y, al llegar allí, no pudo evitar vomitar en una papelera. 

 

—¡Oh, vaya! —exclamó él sujetándola el pelo—. Igual ha sido un corte de digestión. Cojamos el metro y vayamos a tu casa, te vendrá bien meterte en la cama.

—Gracias —respondió ella. Sabía que su aspecto no era el más adecuado, pero si aquel chico seguía a su lado después de ver cómo echaba los tres cafés que se había tomado y parte de los espagueti que había comido, es que no podía ser malo.

 

Bajaron las escaleras y entraron en el metro. Por suerte, el vagón en el estaba prácticamente desierto y, dado que el trayecto que tenían que recorrer no era muy largo, pudieron sentarse y permanecer en silencio. 

Lara agradeció el aire que golpeó su rostro al salir de nuevo a la superficie. El mareo iba en aumento y apenas podía ver más allá de lo que tenía a un palmo de sí. Debido a aquello, se había agarrado al brazo de Juanjo y le iba dando indicaciones de hacia dónde tenía que ir. 

Cuando llegaron al portal, sacó las llaves de su bolso y, antes de abrir, se giró para despedirse de su acompañante. 

 

—Muchas gracias por haber venido conmigo hasta aquí, ha sido muy considerado por tu parte.

—Tonterías, es lo mínimo que podía hacer.

 

Le dedicó la mejor de sus sonrisas, volvió a darse la vuelta y trató de abrir la puerta, pero le resultó más complicado de lo que le hubiese gustado reconocer. La firme mano de Juanjo agarró la suya y le ayudó a introducir la llave. 

 

—Gracias —dijo una vez más.

—No hay de qué. ¿Quieres que te acompañe hasta tu casa? Puede que tengas problemas para abrir también esa puerta.

 

Aquella pregunta hizo que se le acelerara el pulso. Puede que tuviese buenas intenciones, pero aquello le parecía demasiado. A pesar de todo, antes de que pudiese responder, el hombre ya le había agarrado por el hombro y había entrado con ella al interior del portal.

Mientras esperaban a que llegase el ascensor, Lara aprovechó para, de la manera más disimulada que pudo dado su estado, sacar su teléfono móvil del bolso y guardárselo en uno de los bolsillos de su pantalón. 

Mientras subían en el aparato, permanecieron en silencio. Pero aquel silencio era tenso e incómodo; poco tenía que ver con el que habían mantenido durante el trayecto en metro. ¿Serían imaginaciones suyas? Cuando se detuvieron delante de la puerta de su casa, Lara tenía el corazón en un puño. 

 

—Dime cuál es la llave y yo abriré —dijo el hombre con una sonrisa.

 

Atemorizada, ella le entregó el llavero, indicándole la correcta. Él abrió enseguida y se hizo a un lado para que la joven pasase primero. Tal y como sospechaba, en lugar de despedirse y marcharse, entró en el interior del apartamento y cerró la puerta tras de sí. 

Lara dejó el bolso en el suelo y entró al salón, seguida de cerca por su acompañante. No sabía muy bien cómo iba a salir de aquella situación, pero cada vez tenía más claro que aquel hombre no tenía buenas intenciones. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea.

 

—Siéntante, pon la tele o coge algún libro si lo prefieres —le dijo a su inesperado invitado—. Yo tengo que pasar al baño, necesito vomitar. Enseguida estaré contigo.

—De acuerdo —respondió Juanjo con una sonrisa, al tiempo que apoyaba su mochila en la mesa.

 

Mientras caminaba hacia el pasillo, Lara pudo ver cómo el hombre abría la cremallera de su macuto.

Una vez en el cuarto de baño, echó el cerrojo, sacó su móvil del bolsillo y llamó a la policía. Tras dos tonos, alguien contestó al otro lado de la línea.

 

—Policía nacional, dígame.

—Esto es difícil de contar… Había quedado con un chico al que conocí en una web de citas. Creo que echó algo en mi bebida porque, de repente, comencé a sentirme mareada. Él ha insistido en acompañarme a mi casa para que no me pasase nada y ahora está en el salón. Yo me he encerrado en el baño a llamaros porque temo que sea capaz de hacerme algo.

—Dígame su dirección e iremos enseguida. ¿Nos da permiso para tirar la puerta abajo?

—Por supuesto.

 

Justo en el momento en el que le dio las señas de su casa, Juanjo golpeó la puerta del baño.

 

—Lara, ¿te encuentras bien? —inquirió.

 

La joven dio un respingo, colgó la llamada y contestó:

 

—Sí, parece que vomitar de nuevo me ha sentado bien. Enseguida salgo.

—De acuerdo —respondió él.

 

Al cabo de unos minutos, no sabría decir cuántos, el hombre volvió a tocar la puerta.

 

—¿Seguro que estás bien? Estaba a punto de marcharme, pero no me gustaría hacerlo si sigues en el baño.

 

Entonces se le pasó una idea por la cabeza: ¿Y si, simplemente, ese chico estaba tratando de ser amable con ella? Tal vez, lo que tenía no tuviese nada que ver con él y simplemente su imaginación le había jugado una mala pasada. Quizás se había precipitado llamando a la policía y todo fuese fruto de su nerviosismo.

 

—Lara, ¿sigues ahí? —preguntó de nuevo.

—Sí —respondió al tiempo que se acercaba a la puerta y quitaba el cerrojo—. Ya salgo.

 

Al abrir, encontró a un sonriente Juanjo, que la observó de arriba a abajo. Antes de que la joven pudiese hacer nada, la agarró y la llevó hasta el salón. La escena que vio allí la impactó: había cubierto todo el salón con un plástico transparente y, sobre la mesa, había depositado varios cuchillos de diferentes tamaños.

 

—Verás —comenzó a decir él—, como te he comentado, soy artista, pero ya sabes que no soy capaz de captar la muerte. Los personas muertas que represento parecen, en realidad, dormidas, no consigo expresar la esencia de alguien que pierde la vida. Pero tú vas a ayudarme.

 

Lanzó a Lara violentamente contra el suelo, sonriendo de una forma sádica. Agarró una de las armas y se puso de rodillas junto a la mujer.

 

—Gracias a ti, voy a poder experimentar en mis propias carnes cómo es la mirada de alguien que muere. No te preocupes, la droga que eché en tu café hará que no sientas dolor.

 

Levantó el cuchillo dispuesto a clavárselo en el abdomen y, en aquel instante, la puerta de la entrada se vino abajo. Varios policías entraron corriendo en la casa. Uno de ellos se abalanzó sobre Juanjo y lo lanzó al suelo. En aquel instante, Lara perdió el conocimiento.

 

Cuando despertó, estaba tumbada en la cama de un hospital. Susana y Carla estaban allí, a su lado, con cara de preocupación. 

 

—¡Lara! —exclamaron al unísono.

 

Trató de hablar, pero tenía la boca seca y apenas podía articular palabra. Giró la cabeza y vio que, sobre la mesilla, había una jarra de agua. Hizo señas a sus amigas para que le diesen un poco. 

Carla vertió parte del líquido en un vaso y se lo entregó a su amiga, quien, a duras penas, se incorporó y bebió un sorbo.

 

—Te han hecho un lavado de estómago. Ese tío te dio de todo —le explicó Susana.

—Pero puedes estar tranquila, está entre rejas y no volverá a molestarte.

 

Tras asimilar lo que le acababan de decir, abrió de nuevo la boca con intención de hablar.

 

—Os dije que no estaba preparada para conocer a nadie. 

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