Fantasmas

Aunque tratemos de evitarlo, aquello que nos atormenta el alma, que nos tortura por dentro y es capaz de tambalear los cimientos de nuestra propia existencia, siempre acaba apareciendo. Son los fantasmas de nuestro pasado, las ánimas que nos acompañan allá donde vamos, que lastran nuestro camino e impiden que avancemos.

Los fantasmas de Diego eran mucho mayores de lo que él podía imaginar. Quiso poner tierra de por medio, pensando que eso sería suficiente para acallar esas voces que no le dejaban dormir, pero nadie escapa de su pasado, y más aún cuando en el pasado se han cometido tantos errores.

Todo comenzó una fría mañana de comienzos de año. El metro iba lleno, pero tenía que subir. Ya había dejado pasar dos trenes con anterioridad, y si seguía esperando en la estación acabaría llegando tarde al trabajo. Entró en un vagón que iba abarrotado y, cuando el vehículo reanudó la marcha, se agarró a una de las barras para no perder el equilibrio.

Observó a las personas que tenía alrededor. La gran mayoría iba enfrascada en sus teléfonos móviles, ajenos a todo lo que ocurría más allá de la pantalla de sus pequeños aparatos; otros leían y, los menos, tenían la mirada perdida, clavada en algún punto concreto del reducido espacio en el que se encontraban.

Esa mañana, hubo una persona que llamó especialmente su atención. Llevaba años sin verla y estaba bastante cambiada, pero no había duda de que era ella. Sus miradas se cruzaron. Fue solo un instante, una décima de segundo que podría haber pasado desapercibida para cualquiera, pero no para él. Aquel pequeño momento fue suficiente para que todo regresara a su memoria, haciendo de su mente un torbellino de ideas inconexas y preguntas sin respuesta.

La voz mecánica de la megafonía anunció la siguiente parada y, aunque no era la suya, decidió bajarse. Tenía que poner distancia entre él y esa mujer si quería que todo siguiese como estaba; se jugaba demasiado.

Con la esperanza de que ella no se hubiese percatado de su presencia, corrió hacia las escaleras y comenzó a subir los peldaños de dos en dos. Al salir a la calle, el aire invernal le golpeó la cara, pero ni siquiera eso fue suficiente como para hacer que el torrente de pensamientos que había en su cabeza recuperase su cauce normal.

—¡Diego! —gritó alguien detrás de él.

Trató de caminar, pero las piernas no le respondieron. En lugar de ello, giró sobre sus talones y quedó frente a la persona que le había llamado. Ahora que estaban frente a frente, pudo comprobar cómo el paso de los años había hecho mella en el hermoso rostro de aquella mujer. Tenía unas ojeras pronunciadas, incipientes arrugas que denotaban el tiempo que había pasado desde la última vez que se vieron, y sus ojos, antes brillantes y llenos de vitalidad, parecían haberse marchitado.

—Pensaba que no sería capaz de alcanzarte, has salido muy deprisa del metro.

—Sí, yo… —comenzó a decir—. Llego tarde al trabajo.

Ella sonrió con amargura.

—¿No vas a darle un abrazo a una vieja amiga?

El hombre titubeó un instante.

—Por supuesto —dijo antes de hacer lo que le habían pedido.

Al rodearla con los brazos, vinieron a su mente imágenes de lo ocurrido diez años atrás, cuando apenas eran unos críos.

Acababan de graduarse en la universidad, vivían juntos en un pequeño piso en las afueras de Valencia y estaban comenzando a desarrollar sus primeros proyectos profesionales. Todo iba bien entre los tres. Miguel, Berta y él eran felices en su pequeño apartamento, ajenos a los problemas del mundo y preocupados únicamente por llegar a fin de mes y poder salir de vez en cuando a tomarse unas cervezas.

Siempre se habían ayudado los unos a los otros. Habían permanecido juntos, luchando codo con codo contra las adversidades y los problemas que les presentaba la vida, y sabían que, pasase lo que pasase, cada uno de ellos podía confiar en los otros dos.

Aquella noche, decidieron quedar con varios antiguos compañeros de la facultad. La cosa pintaba bien: estarían con gente a la que hacía bastante tiempo que no veían, recordarían viejos tiempos y, probablemente, pasarían un buen rato.

Diego agitó la cabeza y regresó de sus pensamientos. Alejó de sí a su antigua amiga, a la que ahora observaba con rabia.

—¿Por qué has tenido que aparecer, Berta? —preguntó—. Todo estaba bien hasta que te he visto.

—¿A qué te refieres?

—Sabes muy bien a lo que me refiero. ¿Qué haces aquí si no es por eso?

—Diego, yo…

—¡Cállate! —ordenó—. No digas nada, márchate y déjame.

El hombre comenzó a andar de nuevo, pero la voz de su antigua amiga, una vez más hizo que se detuviera en seco.

—No podemos huir de lo que hicimos, Diego, debemos enmendar nuestros errores.

—¿Cómo vamos a enmendarlos? —inquirió mirando con rabia a su interlocutora— Es imposible que arreglemos lo ocurrido, no podemos volver atrás para cambiar lo que hicimos.

Ella enmudeció un instante.

—Por supuesto que no —dijo por fin—, pero al menos limpiaremos nuestras conciencias y, así, puede que Miguel…

—¿Limpiar nuestras conciencias? —le cortó.

—Sí, Diego, eso he dicho, limpiar nuestras conciencias.

—Eso es imposible —aseguró el hombre—. Aunque confesemos, nuestras manos estarán manchadas de sangre para siempre.

Berta comenzó a temblar.

—Diego, yo lo necesito.

—Y yo necesito que esta pesadilla termine de una vez.

—Esta es la única forma de que termine —aseguró la mujer—. ¿O acaso tú has podido dormir a pierna suela alguna de estas noches desde que aquello ocurrió?

Ahora fue él quien se quedó en silencio. Los recuerdos le asolaron de nuevo, haciéndole rememorar una época más sencilla, con menos dificultades.

Estaban todos en un bar de moda de la ciudad, uno de esos en los que es imposible escuchar tu voz cuando hablas. Las canciones eran cada vez más repetitivas y ellos iban bebiendo una copa tras otra.

Miguel agarró a Diego por el hombro.

—¡Tío, tengo que mear! —dijo gritándole al oído.

—¿Por qué no vas al baño?

—Necesito hablar contigo. ¿Podemos ir fuera?

El joven hizo un gesto con la cabeza en señal de asentimiento y salió a la calle con su amigo. La noche era calurosa y las calles estaban desiertas, por lo que podían tratar cualquier tema sin que nadie les molestase.

Miguel se acercó al callejón de al lado, se bajó la bragueta y comenzó a orinar pegado a la pared. Diego se situó detrás de él, a unos metros de distancia, y, con las manos en los bolsillos de su pantalón, alzó la vista al cielo.

—¿Qué querías decirme? —preguntó al tiempo que trataba de vislumbrar alguna estrella a pesar de la contaminación lumínica.

—Voy a dejarlo con Patricia —respondió su amigo, con la mirada clavada en la pared.

—¿Qué? —Diego bajó la cabeza y comenzó a mirar directamente a Miguel—. ¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo?

—Nada en especial —respondió mientras se subía la cremallera del pantalón y se daba la vuelta —. Simplemente, me he dado cuenta de que ya no siento lo mismo por ella. Estoy enamorado de otra persona.

—Ah, ¿sí? ¿De quién?

Miguel se acercó un poco más.

—De ti.

El hombre agarró a su amigo por el cuello y comenzó a besarlo apasionadamente. Diego lo empujó y, cuando por fin se separaron, le observó con una mirada de sorpresa.

—¿Qué haces, Miguel? —preguntó—. ¿Desde cuándo eres…?

—Ni siquiera sé si lo soy —respondió sin dejarle terminar—. Solo sé que lo que siento por ti es cada vez más fuerte, tanto que ya no sé si podría sentir algo por nadie más.

—Pero tú y yo somos amigos, Miguel. Llevamos viviendo juntos muchos años, tú no puedes ser…

Al escuchar aquello, el joven enfureció.

—¿Yo no puedo ser qué, Diego? Dímelo, ¿qué es lo que no puedo ser?

—Tú no puedes ser maricón.

Maricón. No sabía si le dolía más la expresión o la persona que la había dicho.

—¿Y por qué no puedo serlo? ¿Es que acaso ningún amigo tuyo puede ser…?

—No es que ningún amigo mío pueda serlo —le interrumpió Diego—, pero, tío, tú tienes novia. Tú eres… normal.

—¿Normal? —No daba crédito a lo que estaba oyendo.

En aquel instante, Patricia apareció en el callejón, acompañada por Berta. Al no encontrar a su novio en el interior del local, había decidido ir a buscarlo fuera. La mujer observó la escena y se dio cuenta al instante de que su pareja estaba en tensión.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó deteniéndose delante de los dos.

—Patricia, hemos terminado —espetó Miguel.

—¿Cómo dices?

—Me he dado cuenta de que no siento nada por ti, me he dado cuenta de que estoy enamorado de otra persona.

—¿Qué? ¿De quién?

—De este tío de aquí —respondió señalando a Diego—, aunque es un gilipollas.

—¿Por qué me insultas? Yo no soy quien va besando a otros hombres —le increpó su amigo.

—Eres un desgraciado… y yo soy un imbécil por sentir lo que siento por ti —dijo Miguel.

—¡No te atrevas a repetir eso! —exclamó Diego al tiempo que le empujaba.

Los dos jóvenes se enzarzaron en una pelea.

—¡Chicos, parad! —gritó Berta.

Diego volvió en sí. Observó a la que, años atrás, fuera una de sus mejores amigas.

—Fue un accidente, Berta.

—Lo sé, pero eso no quita para que no tengamos que decir la verdad.

Miguel empujó a Diego contra unos cubos de basura, provocando un estruendo que despertó a todo el vecindario. El joven se incorporó, agarró una botella de cristal que había en el suelo y se abalanzó contra el que fuera uno de sus mejores amigos, con intención de golpearle.

—¡Ya está bien! ¡Deteneos! —ordenó Patricia.

La mujer se interpuso entre ambos y recibió en la cabeza el impacto de la botella que iba destinado a Miguel. Su cuerpo inerte cayó al instante al suelo.

—¡Patricia! —gritó su novio.

Se arrodilló al lado de la joven, abrazándola y zarandeándola con la esperanza de que despertase. Al tocar su nuca, su mano quedó completamente encharcada en sangre. Fue entonces cuando comprendió que ya no había nada que hacer.

—¡La has matado! —le increpó a Diego.

—Ha sido un accidente, yo…

Las sirenas de la policía comenzaron a sonar a lo lejos; algún vecino, alertado por el escándalo que habían organizado, les habría llamado. Aterrado, Diego agarró por la muñeca a Berta y salieron corriendo de allí.

—¡No huyas! —exclamó Miguel, pero ninguno de los dos tenía intención de parar.

Cuando se alejaron lo suficiente, el joven se detuvo y agarró a su amiga por los hombros.

—Escúchame, Berta, ha sido un accidente, tú lo sabes.

—Lo sé, Diego, pero debemos volver. Huir así solo empeorará las cosas.

—Berta, yo no puedo ir a la cárcel —dijo sollozando—. Si me encierran, mi futuro se irá a la mierda. Tienes que ayudarme.

—Yo no puedo hacer nada. Tenemos que ir a la policía y…

—Y eso haremos, iremos a la policía, pero debemos contar la misma versión. Digamos que fue Miguel. Él la dejó, discutieron y, en un impulso, la golpeó con una botella en la cabeza.

La mujer palideció aún más; no daba crédito a lo que oía.

—Tenemos que hacerlo —continuó él—. El callejón estaba oscuro y, aunque los vecinos escucharan el ruido, es imposible que nos vieran, así que no hay testigos. Si los dos confesamos lo mismo, no servirá de nada el testimonio de Miguel.

—Pero, Diego, no podemos…

—Berta, hazlo por mí. Si lo que sientes por mí es tan fuerte como dices, lo harás.

Ella se sorprendió. No sabía cómo Diego se había enterado de que ella estaba enamorada de él, pero lo cierto era que estaba al tanto de todo. Hacía mucho que quería confesárselo, pero nunca había tenido el valor de decírselo. Ahora, en mitad de aquella calle y con el corazón en un puño, sentía que le estaba haciendo chantaje, pero a pesar de todo no pudo decir que no.

—Está bien, hagámoslo.

El resto de acontecimientos sucedieron demasiado deprisa. Un juicio exprés en el que tuvieron que confesar; Miguel llorando y negando todo de lo que se le acusaba; los padres de Patricia reclamando justicia; los periódicos hablando de la joven asesinada aquella noche de verano…

Cuando quisieron darse cuenta, los años habían pasado. Diego se marchó de la ciudad, huyó y lo dejó todo atrás. Pero sus fantasmas, los recuerdos de su pasado, eran imposibles de borrar. En lo más profundo de su ser había una herida que no había sanado y, aunque trataba de escudarse en aspectos banales de la existencia humana, pensando que de esta forma lograría olvidar todo aquello que le hacía sufrir, le resultaba imposible continuar.

Los fantasmas siempre regresaban.

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