Gritos en el pasillo - Parte segunda

Como estaban tan cansados, decidieron no poner ninguna alarma para despertarse; confiaban en hacerlo antes de que acabase el horario de desayunos del hotel, pero no estaban seguros de poder conseguirlo. Su plan para ese día era comer algo rápido, abandonar el hotel y, dependiendo del tiempo, continuar su camino hacia Segovia o regresar a Madrid. Pero, por desgracia para ellos, no sería así.

Lo primero que hicieron nada más salir de la cama, fue correr las cortinas para admirar el paisaje. Se suponía que su habitación tenía vistas a la montaña, o al menos así la había reservado Elisa, pero, cuando llegaron, no se pasaron a observar las vistas; ahora, a la luz del sol, era el momento idóneo para hacerlo. Al quitar las cortinas, su sorpresa fue mayúscula: el alféizar estaba completamente cubierto de nieve, lo que había propiciado que toda la ventana quedase tapada; era imposible ver más allá del grueso manto níveo. 

Asustados por el coche, pues podría estar completamente cubierto de nieve, decidieron vestirse rápidamente y salir a la calle. Mientras se preparaban, Fran encendió el televisor. En las noticias, solo se hablaba del temporal y de los cientos de personas que habían pasado la noche en la autopista. atrapados dentro de su coche.

 

—Vaya, tuvimos suerte al desviarnos —dijo Elisa—. Podríamos habernos quedado atrapados en la carretera.

—Ha tenido que ser una noche muy larga para todas esas personas —reconoció su pareja. Aunque lo cierto es que ahora temía por el estado de su coche y por si podrían salir del hotel.

 

A los pocos minutos, salieron de la habitación y se encontraron en el pasillo con varias mujeres, encargadas de la limpieza del hotel, que estaban dejando listas las habitaciones contiguas. Fran se preguntó por qué limpiaban esas habitaciones si nadie había pasado la noche allí, pero no expresó esa duda en voz alta para no parecer entrometido. Bajaron a la planta baja sin mediar palabra y, nada más terminar la escalera, vieron una puerta con un cartel que atrajo su atención.

 

    Restaurante.

    Desayunos: de 8:00 a 11:00.

    Las comidas y cenas se servirán en el restaurante de enfrente.

 

Ahora ya sabían que, para tomarse el café, no tendrían que acudir al restaurante donde fueron a cenar. Pero, antes de entrar, querían ver el estado del coche. Pasaron por delante de la recepción, donde estaba el mismo individuo que la noche anterior, y continuaron andando hasta llegar a la calle.

 

—¿Este tío no duerme o qué? —inquirió Elisa más para sí misma que para Fran.

 

En el exterior, pudieron observar las consecuencias de una noche entera sin parar de nevar. Todo estaba cubierto de una espesa capa blanca que le llegaba hasta las rodillas. Los setos que había delante de la puerta, y que cuando llegaron la noche anterior se dejaban entrever, estaban ahora completamente cubiertos por la nieve; el camino, que comunicaba el restaurante, el hotel y el aparcamiento, había desaparecido bajo ese manto helado; el aparcamiento, y todos los vehículos que allí había, estaban completamente cubiertos, pues lo único que se veía de ellos era la matrícula.  

 

—Oh, Dios mío… —dijo él.

—¿Cómo vamos a sacar el coche de ahí? —preguntó ella—. Todo el camino está cubierto de nieve. Tendríamos que quitarla toda para poder salir y son más de diez metros.

 

Fran suspiró.

 

—Bueno, no desesperemos —comenzó a decir—. Vamos a desayunar y, después, le pediremos ayuda al hotel. Es su aparcamiento, no pueden dejarnos ahí sin hacer nada.

—Espero que tengas razón. 

—Seguro que todo sale bien, cariño. Vamos a desayunar.

 

Entraron de nuevo y pusieron rumbo al restaurante. Allí encontraron a todas las personas con las que habían cenado la noche anterior. 

 

—Por fin bajáis, dormilones. ¿Habéis descansado? —preguntó Miguel nada más verlos entrar.

—Hemos descansado pero, al ver cómo está nuestro coche, nos han entrado los siete males —respondió Elisa de la forma más cortés que sus nervios le permitían.

—Sí, ha nevado mucho —reconoció Yaiza—. Nuestro coche también está en el aparcamiento. En cuanto terminemos de desayunar y hayamos recogido todo en la habitación, intentaremos sacarlo de ahí. 

—Iré con vosotros —dijo Fran—. Además, seguro que los del hotel pueden ayudarnos. 

—Yo también me apunto —añadió Lucía, que estaba comiendo unos cereales que ella misma había traído.

 

Leonor miró a su pareja. Ellos tenían el coche abajo, en la calle principal, lugar por el que habría pasado la quitanieves y de donde no les resultaría muy complicado sacarlo. Dada su situación ventajosa, querían marcharse de allí cuanto antes y, así, evitar tener que ayudar a los demás; eran todos muy amables, pero no eran sus amigos y no estaban dispuestos a perder el tiempo socorriéndolos. 

 

—Nosotros vamos a recoger las cosas, tenemos que salir ya —dijo Miguel levantándose de la mesa.

 

Le hizo una seña a Leo y ambos salieron atropelladamente de allí.

 

—¿Qué les pasa a esos dos? —preguntó Eduardo.

—Ellos no tienen el coche en el aparcamiento. Probablemente, quieren marcharse cuanto antes para que no les pidamos que nos ayuden —explicó Elisa, que se había percatado de todo al instante. 

 

Fran suspiró e hizo un gesto negativo con la cabeza como única respuesta. 

Cuando terminaron de desayunar, cada uno volvió a su habitación y, como todos dejaban sus habitaciones ese día y tenían que abandonar el hotel, habían acordado esperarse los unos a otros en la recepción para elaborar un plan con el que sacar los vehículos. En su trayecto por las escaleras, todos habían coincidido en que la camarera que les había atendido durante el desayuno, que tenía unas ojeras tan pronunciadas como las del recepcionista, se había comportado de una forma muy extraña y siniestra. Había estado todo el rato deambulando por la sala, mostrándose distante, fría, como si algo preocupante le rondase la cabeza. Miraba por la ventana continuamente y, de vez en cuando, susurraba una y otra vez la misma frase.

 

—No llegarán a tiempo, no llegarán a tiempo. Ya deberían estar aquí.

 

Solo cuando alguno del grupo se había dirigido a ella había vuelto en sí, cambiando ligeramente su actitud.

 

—Por cierto —dijo de pronto Lucía—, ¿habéis escuchado esta noche gritos en el pasillo?

 

Fran y Elisa se quedaron completamente paralizados, con la sangre helada. 

 

—No, no hemos escuchado nada —dijo Eduardo al tiempo que miraba a su mujer. Después, volvió a observar a Lucía—. ¿Tú sí?

—Sí, comencé a escuchar unos alaridos a las tres de la mañana. Fue extraño. Eran unos chillidos desesperados, como si le estuviese pasando algo malo a alguien. Pero quizás me lo haya imaginado, ya que vosotros no habéis escuchado nada.

—Nosotros sí escuchamos algo —dijo de pronto Eli. Había pasado toda la noche tratando de convencerse de que lo que había oído había sido fruto de su imaginación, pero ahora que ella lo había mencionado, sabía que todo era real—. Primero los percibió Fran y luego yo. La luz del pasillo, incluso, se encendió, como si alguien acabase de pasar. 

—En nuestro rellano todo estuvo tranquilo —explicó Yaiza—. Los únicos dieron un poco de guerra fueron los niños, pero cuando se durmieron todo estuvo en paz. 

—Bueno —comenzó a decir Eduardo—, creo que no vamos a sacar nada en claro de esos gritos. Quizás los empleados montaron una fiesta o pusieron alguna película, quién sabe. Lo que debemos hacer ahora es recoger nuestras cosas y tratar de sacar los coches; cuanto antes empecemos, antes nos iremos de aquí. 

 

Todos asintieron y se marcharon a sus habitaciones. Elisa observó a Fran, que estaba metiendo la ropa en su mochila y había permanecido callado desde que Lucía había hecho aquella pregunta.

 

—¿Qué te ocurre, cariño?

—Eli, este hotel no me da buenas sensaciones. Tenemos que marcharnos cuanto antes.

 

La joven se acercó a su pareja y lo abrazó.

 

—Tranquilo, Fran —dijo para tratar de calmarle—. Todo va a ir bien. Sacaremos los coches enseguida y nos marcharemos. 

 

Él sonrió levemente.

 

—Gracias, necesitaba escuchar algo así —respondió aliviado—. Después de todos los nervios de anoche en la carretera, de lo siniestro que es el recepcionista —Al oír aquello, su pareja rió—, de todo lo que pasó anoche y de ver el coche así, completamente cubierto de nieve, creo que me he sentido un poco superado.

—Lo de anoche ya pasó. Estamos aquí, lo solucionamos juntos. El de recepción es muy raro, contra eso no podemos hacer nada —Ahora fue Fran el que rió—. En lo referente a los gritos, quizás tenga razón Eduardo con lo que ha dicho. Por el coche no te preocupes, vamos a sacarlo de ahí como sea. Lo vamos a hacer juntos. Además, seguro que los del hotel nos ayudan; estamos en su propiedad, no pueden dejarnos aquí abandonados.

 

Pero, al bajar a recepción con las maletas, no había absolutamente nadie. Entraron en la sala donde se servían los desayunos, pero la camarera había desaparecido. No había ni rastro tampoco de ninguna de las personas encargadas de la limpieza. A los pocos minutos, apareció Lucía. Llevaba una de esas mochilas grandes, propia de los que hacen senderismo, e iba abrigada hasta arriba. Al verlos, sonrió.

Pasados unos instantes, Yaiza entró en el hotel desde la calle. Tenía las botas y las piernas completamente cubiertas de nieve, sus mejillas y su nariz estaban enrojecidas debido al frío y moqueaba levemente por las bajas temperaturas. Al verla llegar, todos se sorprendieron.

 

—Bajamos los primeros, pero encontramos la recepción vacía —explicó—; solo vimos dos palas al lado de la puerta. Decidimos tomarlas prestadas y empezar a quitar la nieve para sacar los coches. He venido a buscaros, Eduardo está fuera con los niños.

—Entonces vamos nosotros también —dijo Fran. Miró a su alrededor—. ¿Podremos dejar aquí las maletas?

—Supongo que sí —respondió Eli.

—Nosotros las hemos dejado en ese armario —Dijo Yaiza señalando una puerta que había al lado de las escaleras.

 

Hasta ahora no se habían fijado, pero tenía un letrero que rezaba guarda equipaje. 

 

—Es una sala con una caldera, pero se ve que también la utilizan para que los huéspedes dejen las maletas —explicó la mujer, que se frotaba las manos para entrar en calor.

—Entonces dejémoslo ahí —dijo Lucía.

 

Tras guardar sus cosas, salieron al exterior. El frío era tremendo y la capa de nieve le llegaba hasta las rodillas. El camino hacia el aparcamiento, que estaba a escasos diez metros, se les hizo eterno. Fran se cayó varias veces y, cuando llegaron allí, todos estaban completamente helados; ahora comprendían el estado de Yaiza al entrar en el hotel. Vieron a Eduardo, que trataba de hacer un camino para que pasaran los vehículos. Al verlos aparecer, se alegró considerablemente. Su mujer insistió en relevarle un rato para que descansase y Fran, rápidamente, agarró la otra pala para comenzar a trabajar.Al mirar dentro del coche del matrimonio, vio a los niños sentados en los asientos de atrás. Lucía y Eli decidieron dar una vuelta a la finca, confiadas en encontrar un armario de mantenimiento donde guardasen más palas o a alguien que les pudiese ayudar. Eduardo sacó un cigarrillo del bolsillo interior de su chaqueta y, mientras lo encendía, llamó con su móvil a emergencias. 

 

—Uno, uno, dos, ¿en qué puedo ayudarle? —dijo una voz masculina al otro lado de la linea.

—Hola, le llamaba desde San Rafael. Debido al temporal, estamos en el hotel La casona del pinar. Queríamos saber si podría mandar una quitanieves que nos abriese camino.

—Lo siento, señor —dijo inmediatamente—, pero ahora mismo estamos desbordados atendiendo a toda la gente que se quedó atrapada anoche en la carretera. No podemos mandar a nadie a ayudarles. Entienda que están en un hotel, eso ahora mismo no es una emergencia.

—Claro, lo comprendo.

 

El hombre de emergencias suspiró.

 

—Mire —comenzó a decir—, sé de buena mano que han llegado varios miembros de uno, uno, dos,  y también del ejército, a San Rafael; dada su proximidad con la AP-6, están mandando allí a todas las personas atrapadas. Quizás, si va al ayuntamiento y cuenta su caso, puedan enviar a alguien que les ayude. 

—Muchísimas gracias —dijo Eduardo—. De verdad, no sabe cuánto se lo agradezco.

 

Tras despedirse, colgó. Dio una profunda calada a su cigarro y, prácticamente entero, lo lanzó a la nieve; ya fumaría más tarde, ahora tenía cosas que hacer. Explicó a Fran y a su mujer lo que le había dicho el hombre de emergencias y esperó hasta que llegasen Elisa y Lucía para trazar un plan. A los pocos minutos, las jóvenes llegaron, solas y sin ninguna otra pala, pero eso no importaba ahora. Eduardo les contó también lo que le habían dicho y acordaron que el grupo se dividiría, tres irían al pueblo a pedir ayuda y dos, ya que no tenían más palas, se quedarían intentando abrir camino. Lucía, Elisa y Eduardo, que se había hecho daño en la espalda, serían los que bajarían. 

Comenzaron a andar a trompicones entre la espesa capa de nieve. Confiaban que, una vez que quitasen la nieve del recinto y pudiesen sacar los coches, la calle estuviese despejada y pudiesen avanzar sin problemas, pero fuera el panorama no era mucho más alentador. Como estaban en lo alto de una cuesta, la quitanieves no había llegado hasta allí, por lo que todo estaba cubierto de aquel manto blanco. Comenzaron a andar lentamente, calculando cada paso para evitar caerse, y no se cruzaron con nadie en todo el trayecto hasta la calle principal. Una vez abajo, tuvieron que activar el GPS de su móvil para encontrar el ayuntamiento. A escasos metros de donde estaban, vieron a Leo y Miguel al lado de su coche. Habían quitado la nieve que lo cubría, pero parecía que estaban teniendo problemas para arrancarlo. Al verles acercarse, se ruborizaron; sin lugar a dudas, no esperaban volver a encontrarse con ellos.

 

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Elisa.

—El coche no arranca —respondió Miguel—, tiene que ser por la batería. Llevaba un tiempo dándome problemas, pero ahora parecer ser que ya no funciona. He llamado a la grúa pero, con este temporal, me ha dicho que no puede venir a recoger el coche. 

 

Los tres se miraron. Estuvieron tentados en marcharse y dejarlos allí; a fin de cuentas, ellos se habían marchado rápidamente del hotel para no ayudarles. Pero, finalmente, decidieron que no debían actuar de la misma manera. 

 

—Si conseguimos sacar el coche, Fran y yo volveremos hoy a Madrid —dijo Elisa—. Si nos ayudáis, podríamos llevaros a vuestra casa. 

—No me hace mucha gracia dejar el coche aquí —reconoció Miguel.

—Es mejor eso que quedarnos aquí —reconoció Leo. Se dirigió al grupo—. Muchísimas gracias por el ofrecimiento, os ayudaremos. Disculpad nuestro comportamiento, no deberíamos habernos marchado sin ayudaros.

—Ya no importa —dijo Eduardo—. Íbamos camino del ayuntamiento, ¿nos acompañáis?

—Claro —respondieron al unísono.

 

Las calles estaban llenas de militares que habían acudido al lugar para ayudar a todos aquellos que habían pasado la noche en la carretera. Trataron de hablar con alguno de ellos, pero estaban demasiado ocupados como para pararse a atenderles. Antes de llegar al ayuntamiento, se encontraron con un individuo que bajaba de una pequeña quitanieves. No era tan grande como las de mantenimiento de carreteras, pero podría servir para ayudarles.

 

—Disculpe —comenzó a decir Lucía al acercarse a él—, ¿es suya la quitanieves?

—Así es —respondió con voz ronca. Tenía barba de varios días y parecía cansado, como si no hubiese pegado ojo en toda la noche.

—Verá, debido a la nieve, nuestros coches están atrapados en el aparcamiento del hotel en el que hemos pasado la noche. Nos preguntábamos si usted podría ir allí y despejar el camino para que pudiésemos salir.

 

El individuo suspiró.

 

—Mire, llevo toda la noche en vela, tratando de despejar las calles. Ahora, que ha salido el sol y ha parado de nevar, lo único que quiero hacer es descansar un poco.

—Por favor —imploró Eduardo.

—No insista —dijo dándose la vuelta y comenzando a caminar.

—¡Podríamos pagarle! —gritó Miguel a la desesperada. Ese hombre podría ser su única opción y tenían que hacer todo lo que estuviese en su mano para que les ayudase.

 

Al escuchar aquello, el individuo se detuvo en seco. Se giró lentamente. 

 

—Trescientos —dijo mirándoles a los ojos.

—¿Euros? —inquirió Leo.

—No, billetes de Monopoly. ¡Claro que euros!

 

Se miraron los unos a los otros.

 

—Está bien —dijo Elisa—. Le daremos la mitad ahora y la otra mitad cuando haya quitado la nieve.

—De acuerdo —aceptó—. ¿En qué hotel están hospedados?

—En la casona del pinar.

 

Al escuchar ese nombre, el individuo palideció y se le pusieron los ojos como platos.

 

—¿Qué ocurre? —preguntó Eduardo—. ¿No lo conoce? Está subiendo la…

—¿Me estáis vacilando? —le cortó el hombre—. Mirad, llevo toda la noche trabajando, ayudando a gente que de verdad tenía problemas. No estoy dispuesto a aguantar bromas de nadie y menos relacionadas con la casona. 

 

Tras decir esto, se dio media vuelta y retomó el camino. 

 

—Pero ¿qué ocurre con la casona? ¡Espere! —exclamó Lucía. Pero el individuo no detuvo su avance. 

 

Decidida a resolver el misterio, Elisa sacó su teléfono móvil y buscó en internet información sobre el hotel, aunque no encontró nada relevante. 

En el hotel, Fran y Yaiza continuaban quitando nieve. Había pasado ya más de una hora desde que habían comenzado, pero apenas habían avanzado un metro o dos; aún les quedaba un largo recorrido hasta llegar a la salida. Tras varios minutos, que se les hicieron eternos, el joven soltó la pala.

 

—Tengo los pies helados y apenas hemos avanzado —dijo exasperado.

—No desesperes —le animó Yaiza—. Hemos quitado mucha nieve aunque no se note.

 

El hombre observó su trabajo y suspiró hondo; les iba a costar más de lo que en un principio había pensado. 

 

—Quizás deberíamos tomarnos un descanso —dijo la mujer soltando también la pala.

—Buena idea —reconoció Fran—. Dentro he visto una máquina de café, podríamos tomar uno y entrar en calor.

—Claro. Ve delante, sacaré a los niños del coche y enseguida estaremos allí. 

—De acuerdo.

 

Comenzó a caminar lentamente, tratando de no caerse, pues ya estaba bastante empapado como para mojarse más. Al entrar en el hotel, escuchó una música de jazz que provenía del piso superior. Antes siquiera de que pudiese preguntarse de dónde venía esa melodía y quién la había puesto, el recepcionista le sorprendió, apareciendo detrás de él. 

 

—¿Puedo ayudarle en algo?

 

Sobresaltado, Fran dio un respingo y giró sobre sí mismo para verle. El hombre le observaba fijamente, mostrando esa sonrisa que tanto le inquietaba. 

 

—¡No vuelva a hacer eso! Me ha dado un susto de muerte.

—Discúlpeme, señor, no era mi intención.

 

El joven se llevó una mano al pecho, respirando entrecortadamente. Cuando se calmó, volvió a hablar.

 

—Le hemos estado buscando por todas partes, tanto a usted como a cualquier otro trabajador del hotel. Necesitamos ayuda para sacar los coches del aparcamiento.

—Discúlpeme, señor, por las mañanas debo encargarme yo mismo del mantenimiento porque Félix, el responsable, está de baja. Ha habido un problema en la habitación quinientos dos, del primer piso. Esa no está reformada, ¿sabe? Así que tiene unos enchufes muy antiguos que están dando problemas; a veces, cuando se conecta algo a ellos, saltan chispazos. 

—Bueno, no hace falta que me cuente todos los detalles. ¿Va a ayudarnos o no?

—Lamentablemente, yo no puedo hacer nada para ayudarles, tengo el hombro derecho lesionado y no podría utilizar la pala ni siquiera una vez. 

—¿No hay nadie que pueda hacer algo?

 

En aquel instante, Yaiza llegó con sus hijos a la recepción.

 

—Me temo que no, el resto de empleados que estamos ahora mismo aquí no podrían hacer nada. Pero he hablado con el director y me ha comunicado que, mañana mismo, vendrá con un amigo suyo que tiene una quitanieves y despejará el camino. Como compensación, les invita a pasar otra noche en el hotel.

 

Fran y Yaiza se miraron.

 

—Mañana es lunes y tanto Eduardo como yo tenemos que trabajar —dijo la mujer.

—Elisa y yo también —dijo el hombre. Observó al recepcionista—. Lo siento, pero no podemos quedarnos, necesitamos salir del hotel hoy.

—En ese caso, siento decirles que no podremos ayudarles —respondió el empleado—. El director también está atrapado debido al temporal y no podrá venir hasta mañana. 

—Cojonudo… —dijo en voz baja Fran—. ¡Esto no va a quedar así! ¡Pienso denunciarles!

—Haga lo que considere oportuno, señor —respondió con una sonrisa horrible.

—¡¿De dónde coño viene esa música?! —preguntó exasperado el joven.

—¡Oh! Ha llegado un nuevo huésped al hotel, está en la habitación quinientos dos. Ha insistido en que le arregle el enchufe porque quería poner su música. 

—Esto es de locos… estáis todos zumbados.

 

Tras decir esto, Fran puso rumbo de nuevo al aparcamiento, cogió una pala y continuó quitando nieve. La mujer salió tras él.

 

—Fran, tranquilízate —le pidió cuando estuvo a su lado. 

—Nuestros coches se han quedado en su aparcamiento y estos cabrones no van a hacer nada por ayudarnos —dijo sin dejar de trabajar. 

—Lo sé, pero cabrearnos así no es la solución. Confiemos en que Eduardo y las chicas vuelvan con ayuda.

 

El joven soltó la pala. 

 

—De acuerdo, ¿y qué hacemos?

—Volvamos dentro y descansemos un rato —respondió ella—. Aprovecharé para llamar a mi marido, a ver si han conseguido algo.

—Está bien —dijo tras suspirar hondo.

 

Estuvieron en el hotel aproximadamente una media hora. Aceptaron las habitaciones que les ofrecía el recepcionista para cambiarse de ropa, ya que la que llevaban estaba empapada. Cuando iban a volver a salir, el teléfono de Yaiza sonó; su marido llamaba. Descolgó, intercambió una breves palabras con él y volvió a colgar. Cuando lo hizo, miró a Fran.

—Están todos fuera —dijo en un tono apesadumbrado.

—¿Ha ocurrido algo?

 

Ella negó con la cabeza.

 

—No han encontrado ayuda.

 

Salieron corriendo a reunirse con el resto del grupo. Cuando llegaron, vieron a Elisa, a Lucía y a Eduardo, que estaban contrariados.

 

—¿Qué ha pasado? —preguntó Fran.

—Hemos hablado con varias personas, algunas de ellas del ayuntamiento —comenzó a decir su pareja—. En cuanto mencionábamos que estábamos en la casona, todos nos han mandado a freír espárragos, por decirlo de una forma fina. 

—¿Qué? ¿Por qué han hecho eso? —preguntó la Yaiza, que acababa de coger a su hija en brazos. 

—No sabemos el motivo, pero parece ser que este hotel es alguna especie de tema tabú en el pueblo —respondió su marido.

—Quizás hayan tenido algún problema con el dueño del hotel —opinó Lucía—. Por cierto, nos hemos encontrado abajo con Leo y Miguel. Han estado con nosotros buscando ayuda y, ahora que hemos subido a contároslo, ellos se han quedado abajo tratando de encontrar a alguien que nos eche una mano.

—¡Vaya! Así que al final han decidido actuar de manera correcta —dijo Fran.

—No exactamente. Solo nos han ayudado porque su coche no arrancaba; básicamente, somos su única posibilidad de salir de aquí —añadió Elisa. 

—Ya me parecía a mí… En fin, ¿qué hacemos? Hay muchísima nieve como para quitarla nosotros solos. El recepcionista nos ha dicho que, mañana, vendrá el director del hotel con un amigo que tiene una quitanieves. Nos dejarán dormir aquí de manera gratuita. Aunque nos toque llamar al trabajo diciendo que somos gilipollas y que no podemos ir porque nos hemos quedado atrapados por culpa de la nieve, creo que es nuestra mejor opción. 

 

Se miraron los unos a los otros. 

 

—Quizás sea lo mejor —reconoció Eduardo. 

—Vayamos dentro, entonces, aquí nos vamos a congelar —dijo el joven. 

 

Elisa y él cogieron las maletas y subieron a la habitación, Yaiza y su familia hicieron lo propio y Lucía habló con el de recepción y, enseguida, le entregó una llave; curiosamente, todos volvían a estar en la misma habitación que la noche anterior. 

Cuando llegó la hora de la comida, todos recibieron una llamada del recepcionista diciéndoles que estaban invitados a comer en el restaurante. A los pocos minutos, el grupo al completo estaba en recepción, dispuestos a aprovechar la gentileza del hotel. 

 

—Lo cierto es que necesitaba salir de la habitación — dijo Lucía una vez que se sentaron. Esta vez, al contrario que la noche anterior, ocuparon todos la misma mesa desde el comienzo—. Ese nuevo huésped no apaga la música ni un momento.

—Es horrible. Espero que, cuando subamos, la haya quitado —expresó Fran—. Si no, tendré que ir a hablar con él. 

—¿Y qué piensas decirle? —inquirió su pareja.

—Simplemente, le pediré que pare un rato. 

 

Comenzaron a comer sin apenas dirigirse la palabra. A pesar de que todo aquello les estaba saliendo gratis y de que al día siguiente podrían marcharse de allí, no estaban alegres. No habían sido capaces de sacar los coches; aunque habían hecho todo lo posible, no habían conseguido que nadie les ayudase y no les había quedado más remedio que llamar a sus respectivos empleos, reconocer su error por haber salido de casa a pesar de las indicaciones del peligroso temporal y decir que, al día siguiente, les sería imposible acudir al trabajo. Aunque ninguno lo había expresado con palabras, todos pensaban que lo mejor sería quedarse en sus habitaciones y esperar a que terminase de una vez aquel maldito día. 

Dado su estado de ánimo, en cuanto terminaron, fueron directamente al hotel. Continuaba nevando sin parar, por lo que el camino que habían hecho con tanto esfuerzo había vuelto a cubrirse de blanco. Cuando llegaron a recepción, se alegraron de comprobar que la música había cesado; por fin algo bueno. Fran y Elisa subieron a su habitación. Estaban agotados, por lo que decidieron tumbarse en la cama y quedarse un rato en silencio, quedándose dormidos prácticamente al instante. Pasaron varias horas, el día dio paso a una fría noche y, de golpe, comenzó a salir de nuevo una melodía de la habitación quinientos dos. Sobresaltado, Fran se despertó y miró alrededor.

 

—Maldita sea… —dijo para sí al tiempo que se incorporaba.

—¿Qué haces? —le preguntó su chica, que se había desvelado cuando se había levantado. 

—Ese tío ha vuelto a poner la música, voy a decirle que la quite —Echó un ojo al reloj de su teléfono móvil—. Son las doce de la noche. No son horas…

 

Antes de que Elisa pudiese responderle, había abierto la puerta de la habitación de par en par y había salido al rellano. Mientras caminaba hacia la habitación de aquel nuevo huésped, volvió a escuchar voces de niños, tal y como le había ocurrido la noche anterior. Detuvo su avance y miró alrededor. Cuando le pasó la primera vez, pensó que había sido fruto de su imaginación, incluso había llegado a creer que había escuchado a los hijos de Yaiza y Eduardo, pero ahora, escuchando los murmullos más detenidamente, sabía que no eran ellos. 

 

—Fran, ¿qué haces ahí parado? 

 

El joven dio un respingo, pues no esperaba que nadie le llamase. Se giró y vio a su novia, que lo observaba desde el umbral de la puerta de su habitación.

 

—¡Ven aquí! —le ordenó mientras le hacía gestos con una mano.

—¿No lo oyes? —preguntó al tiempo que se acercaba.

—¿El qué? ¿La música? ¡Claro que la oigo!

—No, escucha bien… —dijo mientras se llevaba el dedo índice a la oreja—. Son niños.

 

Elisa agudizó el oído. Tardó un instante en percatarse, pero finalmente lo captó; había niños hablando y riendo, como si estuviesen jugando.

 

—Serán los hijos de Yaiza —expresó tratando de restarle importancia.

—No son ellos. Yaiza tiene un niño y una niña y nosotros estamos escuchando a dos niñas. 

—¿Cómo lo sabes?

—Escucha bien.

 

La joven se concentró. Efectivamente, su pareja tenía razón.

 

—Es verdad —reconoció—. ¿Quiénes serán? Se supone que no hay nadie más en el hotel. 

—No lo tengo muy claro —dijo Fran—. Puede que…

 

No terminó la frase debido a que, de golpe, el volumen de la música aumentó considerablemente. Harto de aquello, fue directo a la puerta de la habitación quinientos dos y la golpeó con fuerza.

 

—¡Baja esa maldita música! ¡Llevas así todo el día! 

 

Al ver que sus órdenes no obtenían respuesta, decidió ir a la recepción. Bajó los peldaños de dos en dos y, al llegar abajo, encontró al recepcionista buscando algo en el mueble del fondo, tal y como lo había visto cuando iba a cenar ayer. Esta vez, en lugar de pasar de largo, decidió hablar con él.

 

—Disculpa —le dijo, pero el hombre no se giró—. ¡Eh, tú!

 

Por fin, el empleado se dio la vuelta. Estaba sudoroso y tenía la cara desencajada, lo cual le daba un aspecto aún más tétrico e inquietante. Temblaba de pies a cabeza y no paraba de repetir una y otra vez la misma frase.

 

—Deben de estar por aquí, deben de estar por aquí. No las encuentro…

—¿Se encuentra bien? —preguntó Fran asustado.

—Deben de estar por aquí, deben de estar por aquí…

 

El joven dio un paso atrás, inquieto por la forma de comportarse del recepcionista. Al hacerlo, chocó con alguien a su espalda. Se dio la vuelta inmediatamente, sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho.

 

—¡Fran, tranquilo! ¿Qué pasa?

 

Observó detenidamente a la persona que tenía enfrente y, aunque al principio, debido a los nervios, le costó identificarlo, finalmente reconoció a Eduardo.

 

—Es el recepcionista… —dijo tratando de recuperar la compostura—. Está muy raro.

—¿El recepcionista? ¿Qué le ocurre? ¿Dónde está?

—Está ahí mismo —dijo al tiempo que se daba la vuelta y señalaba con la mano derecha al interior de la recepción. Para su sorpresa, allí no había nadie—. No lo entiendo, estaba ahí. 

—¿Quién estaba ahí, Fran? —preguntó el hombre.

—El recepcionista, estaba ahí ahora mismo. Se le veía nervioso, angustiado.

—Ahí no había nadie, muchacho. Acabo de llegar y solo te he visto a ti; la recepción estaba vacía. 

 

Le miró directamente a los ojos.

 

—No es posible —dijo asustado—. Yo lo he visto, estaba ahí. 

 

En aquel momento, la música cesó. Fue entonces cuando escucharon aquella voz femenina que provenía del restaurante donde habían tomado el desayuno. 

 

—No llegarán a tiempo… —oyeron que decía una mujer.

 

Dubitativos, los dos hombres se miraron y, aunque no tenían muy claro si debían entrar o no, finalmente lo hicieron. Encontraron allí a la camarera, que les había atendido aquella mañana, mirando angustiada por la ventana. 

 

—¿Le ocurre algo, señora? —preguntó Eduardo al tiempo que se acercaba a ella. 

—No llegarán a tiempo… —continuaba diciendo.

 

El hombre estiró el brazo para tocarle el hombro y tratar de tranquilizarla pero, al hacerlo, la mujer comenzó a gritar. Lo hizo con un chillido estridente y agudo, que les hizo llevarse las manos a los oídos y estremecerse, cerrando los ojos. Cuando los abrieron, estaban los dos solos; la mujer había desaparecido sin dejar rastro. Fran, angustiado, miró a su acompañante.

 

—Vámonos de aquí —le dijo.

 

Salieron corriendo de allí y comenzaron a subir las escaleras; querían encontrar al resto del grupo y marcharse de aquel hotel cuanto antes. 

 

En el pueblo, Miguel y Leonor tomaban una copa en un bar que estaba a punto de cerrar. Habían pasado la tarde buscando ayuda para sacar de allí a sus nuevos amigos, pero no habían encontrado a nadie dispuesto a echarles una mano. Cansados y dándose por vencidos, habían decidido coger una habitación en un hotel que estaba en la calle principal; se habían hecho a la idea de que tendrían que pasar la noche allí, pero no querían volver a recorrer el camino que les llevase a la casona. 

 

—Voy a hacer caja —les dijo el camarero, un hombre con sobrepeso y una camisa que le quedaba ajustada—. Son doce euros.

 

El hombre echó mano de su cartera y sacó dos billetes, uno de diez y otro de cinco.

 

—Quédese con el cambio —le dijo entregándole el dinero.

—Gracias —expresó el hombre al tiempo que cogía el efectivo. Se dirigió a un hombre que estaba sentado al fondo—. ¡Félix! Vamos, vete ya a casa.

 

Un individuo, de unos sesenta años de edad, cabizbajo y con la mirada perdida, asintió sin levantar la cabeza.

 

—Hoy hace cinco años, Dani —dijo con voz apesadumbrada.

—Lo sé, pero no fue culpa tuya —respondió el camarero—. No debes martirizarte, te lo digo todos los años.

 

Miguel observó al individuo.

 

—¿Qué le ocurre? —le preguntó al dueño del bar mientras señalaba a Félix con la cabeza.

—Hoy hace cinco años que el hotel en el que trabajaba se incendió. Él se encargaba del mantenimiento, pero estaba de baja y no acudió a trabajar. 

—¿Qué pasó? —inquirió Leonor.

 

Fran, que acababa de llegar al rellano del primer piso, se separó de Eduardo y fue a buscar a Elisa. Mientras avanzaba por el pasillo, volvió a escuchar a una niña pero, en esta ocasión, en lugar de risas y murmullos, lo que oía eran llantos. Se detuvo en seco al percatarse de lo que tenía delante de él. Al fondo, al lado de la habitación quinientos dos, había una niña arrodillada que sollozaba sin cesar. Estaba de espaldas a él, así que no podía verle la cara.

 

—Pequeña, ¿te encuentras bien? —dijo mientras se acercaba a ella.

 

La niña no respondió.

 

—¿Qué te ocurre? —preguntó al tiempo que se detenía a su lado.

 

Extendió su mano y agarró su hombro. Al sentir su contacto, la muchacha giró su cabeza; fue entonces cuando Fran lo vio. La niña tenía la cara completamente quemada. La mitad de la cabeza no tenía pelo debido a que tenía la piel completamente carbonizada. Su ojo derecho estaba completamente cerrado, cubierto de ampollas y de piel muerta. Al ver aquella escena, el joven dio un paso atrás.

 

—Al parecer, hubo un problema con un enchufe —dijo el camarero. Tanto Miguel como Leonor le escuchaban atentamente—. Esa misma mañana, llegó un nuevo huésped y se hospedó en la habitación quinientos dos. Ese hombre llevaba con él un tocadiscos y se tiró todo el día escuchando música. Los enchufes de esa habitación estaban estropeados, pero el recepcionista les hizo un apaño. Evidentemente, no quedaron bien. 

 

Fran comenzó a correr por el pasillo y, cuando llegó a la altura de su habitación, comenzó a aporrear la puerta. En aquel instante, la niña se levantó y, lentamente, comenzó a caminar hacia él. Elisa abrió la puerta, el joven entró y cerró tras él. 

 

—¿Qué ocurre? —le preguntó al verle entrar tan sobresaltado.

—Tenemos que marcharnos de aquí, ¡Ya!

 

El camarero miró a Félix, que continuaba con la cabeza agachada y la mirada perdida.

 

—El hotel estaba lleno porque había nevado la noche anterior, así que no les quedó más remedio que meter a ese huésped en esa habitación, a pesar de que no estaba en condiciones. Aproximadamente a las doce de la noche, otro individuo que se hospedada allí entró en la habitación de este hombre y, enfadado, le desenchufó el tocadiscos. Estuvieron un rato discutiendo, tuvo incluso que intervenir el recepcionista para que la cosa no pasase a mayores, pero finalmente se calmaron. Como se había quedado de nuevo solo, el hombre decidió darse una ducha. Enchufó de nuevo el equipo, puso la música a un volumen más decente y se metió en el cuarto de baño; no se dio cuenta de que saltó un chispazo del enchufe. Esa chispa fue a parar a la alfombra, que se incendió al instante. Las llamas se extendieron por toda la habitación antes de que pudiesen hacer nada. 

 

Elisa quería coger la maleta, pero Fran no se lo permitió; tenían que salir de allí cuanto antes. En aquel instante, volvieron a escuchar los gritos en el pasillo. Aquellos bramidos llegaron acompañados de unos pasos incesantes y desesperados. El joven agarró a su pareja de la mano y la sacó de allí. En aquella ocasión, cuando salieron al pasillo los chillidos no cesaron, sino que se intensificaron aún más. Miró hacia el fondo del pasillo buscando a aquella muchacha, pero no había ni rastro de ella; en su lugar, había unas grandes llamas que salían de la habitación quinientos dos. Al ver el fuego, la mujer se estremeció. 

 

—¡Debemos avisar a Lucía! —exclamó, tratando de hacerse oír por encima de todos esos gritos—. ¡Si no hacemos algo, morirá!

 

Fue corriendo hasta su habitación y comenzó a aporrear la puerta. Lucía abrió y, asustada, salió al pasillo. Cuando vio las llamas, se echó a temblar. 

 

—¡Vámonos de aquí, maldita sea! —exclamó el hombre.

 

Comenzaron a correr rumbo a las escaleras. Al llegar a la recepción, encontraron la puerta cerrada y, al tratar de abrirla, se dieron cuenta de que habían echado la llave. Giraron la cabeza y observaron la recepción. Allí estaba de nuevo el recepcionista, buscando algo en el mueble del fondo. 

 

—Deben de estar por aquí, deben de estar por aquí —decía sin parar.

—Señor, la habitación quinientos dos está en llamas —le dijo Lucía—, ¡debemos salir de aquí!

—¡Todo el hotel está en llamas! —exclamó la camarera, que había salido de la sala donde servían los desayunos—. Hemos llamado a la policía y a los bomberos, pero hay demasiada nieve. No llegarán a tiempo, no llegarán a tiempo…

 

Fran se percató de que el incendio se estaba extendiendo, pues el fuego llegaba ya a la escalera. Los gritos iban en aumento pero, entre todos ellos, hubo uno que les llamó especialmente la atención.

 

—¡Fran! ¡Elisa! —espetó una voz conocida.

—¡Eduardo! —dijo el joven—. ¿Dónde estás?

—Estamos en el segundo piso, las llamas no nos permiten bajar. 

—Maldita sea —Se giró hacia el recepcionista—. ¿Hay alguna otra forma de bajar?

 

Pero el hombre no respondió, pues seguía buscando algo. 

 

—¡Hazme caso de una jodida vez! —exclamó.

—¡No están! —dijo como única respuesta.

—¿El qué? ¿Qué es lo que no está? —preguntó Elisa.

—Las llaves de la puerta —respondió—. He cerrado y no están. Sin ellas, no hay forma de salir. 

 

Las llamas estaban ya muy cerca de la recepción, haciendo que la temperatura fuese insoportable.  La camarera, que seguía repitiendo la misma frase una y otra vez, comenzó a arder sin inmutarse siquiera. Su ropa se deshizo y su piel se cubrió de ampollas, pero ella continuaba diciendo aquello sin parar. Con el corazón en un puño, Fran agarró una papelera y comenzó a golpear la puerta con ella. Los gritos de Eduardo, Yaiza y sus hijos le hicieron detenerse un instante; el fuego lo estaba devorando todo a su paso y, desgraciadamente, los había encontrado y estaba quemándolos vivos. Continuó golpeando la puerta hasta que, finalmente, consiguió romper la cerradura.

 

—¡Vámonos de aquí! —exclamó.

 

Elisa, Lucía y él salieron a la calle. Antes de hacerlo, observó al recepcionista, al que también habían alcanzado las llamas, haciendo que su piel se desprendiese a jirones. Se fijó en su mano, la cual, debido al fuego, había perdido todo aquello que la cubría, quedando completamente visible los huesos. 

 

—Las llamas sorprendieron a la mayoría de los huéspedes en sus camas —continuó Dani, el camarero—. Como cada noche, el recepcionista había cerrado las puertas con llave y, debido a los nervios, era incapaz de encontrarlas. Muchas personas murieron calcinadas tratando de escapar del lugar, pero no consiguieron echar la puerta abajo. Félix siempre se ha echado la culpa de lo ocurrido. Dice que, si no hubiese estado de baja, nada de esto habría pasado. 

—Vaya, no sabía nada —reconoció Miguel—. ¿Cómo se llamaba el hotel?

—La casona del pinar —respondió.

 

Al escuchar aquel nombre, a ambos se le heló la sangre. 

 

—No puede ser… —dijo Leonor en un susurro.

 

No sabían explicar muy bien por qué pero, de alguna forma, todo comenzaba a encajar en su mente. Ahora entendían por qué nadie quería ayudarles, por qué todos les habían tomado por locos al propiciar el nombre de aquel lugar. Y, de pronto, se acordaron de ellos. Elisa, Lucía y los demás seguían allí. Tuvieron un mal presentimiento. 

 

—Hay quien dice que se podían escuchar los gritos en el pasillo de las personas que salieron corriendo, intentando evitar ser devorados por las llamas—dijo Dani—. Cuando la policía llegó, el fuego lo había arrasado todo. Pero hay algo extraño en esta historia. Según el informe que elaboraron, hubo una serie de huéspedes que desaparecieron sin dejar rastro. Se hospedaban en diferentes habitaciones, dos del primer piso, una del segundo y una del tercero. Jamás se encontraron sus cadáveres y, a pesar de que hicieron una búsqueda por los alrededores, no aparecieron. 

—¿Cómo dice? —preguntó Miguel.

 

Entonces recordaron las palabras de Fran. «¿No os resulta extraño que, siendo los únicos huéspedes en el hotel, nos hayan puesto en pisos diferentes?»

 

Elisa, Lucía y Fran comenzaron a correr lo más rápido que pudieron a través de la nieve. Sabían que no podían coger el coche, pero eso no les importaba; debían marcharse de allí cuanto antes. Cuando estaban a punto de salir de la finca, alguien les agarró por la espalda. Al girarse, Fran observó al recepcionista del hotel, que estaba completamente carbonizado y tenía varias partes de su esqueleto al descubierto, que le asía, impidiendo su avance. Miró a Lucía y a Elisa y vio a otras dos personas, completamente chamuscadas, que las habían cogido, evitando que continuasen caminando.

 

—No podéis marcharos —dijo el recepcionista—. Ahora ya sois de los nuestros. 

 

Con una fuerza sobrehumana, les condujeron de nuevo hacia el interior del hotel, que ya ardía por completo. En cuanto entraron en contacto con las llamas, sintieron un incesante dolor. Gritaron, lo hicieron con todas sus fuerzas, pero no había nadie cerca para ayudarles. Ahora, sus gritos formarían parte del pasillo. 

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