Tiempo atrás

Potsdam, Alemania, 23 de julio de 1945.

 

El General Stevens observaba a lo lejos la escena que se estaba produciendo. A pesar de haber llegado a ostentar uno de los rangos más altos del ejército estadounidense, era un hombre al que no le gustaban las multitudes, por lo que prefería mantenerse al margen de esos acontecimientos. 

Había pasado la mayor parte de su adolescencia en el rancho de su tío, donde se había trasladado tras la muerte de su padre en la Gran Guerra. Decidido a defender el honor de su país, se alistó en el ejército en cuanto tuvo la edad suficiente para hacerlo.

Enseguida destacó por sus habilidades y su visión estratégica, lo que le llevó a recibir una formación superior y a ser considerado como un gran prodigio bélico. Jamás podría olvidar lo ocurrido aquella mañana de diciembre de 1941 y los posteriores acontecimientos que se sucedieron, que acabaron llevándole a combatir por diferentes lugares de Europa. Y ahora se encontraba allí, rodeado de todos aquellos peces gordos y mandatarios de los Aliados, observando el apretón de manos que su presidente se estaba dando con esos dos importantes hombres. 

En aquel momento, deseó más que nunca que todo terminase. Quería volver a casa para trabajar de nuevo la tierra, aunque sabía que, debido a su accidente, no sería capaz de hacerlo. Durante uno de los asaltos que realizaron, recibió un disparo en la pierna izquierda que le había dejado completamente impedido. A pesar de que los médicos se esforzaron para que no perdiese la pierna, ahora le resultaba imposible caminar si no era con la ayuda de su bastón; esa era la principal razón por la que había acordado que, cuando todo aquello terminase y se oficializasen los pactos pertinentes, se retiraría con todos los honores del ejército y pasaría a ser considerado como un héroe de guerra. Añoraba el rancho en el que había crecido y echaba de menos la tranquilidad que le proporcionaba vivir allí. Aunque todo aquello tendría que esperar un tiempo, al menos hasta que concluyese la última gran misión que su país le había encomendado. 

Semanas atrás, había recibido la llamada del jefe del Estado Mayor del Ejército, quien le había explicado de manera pormenorizada cuál sería su cometido ahora que había terminado la guerra. 

 

—Pero, señor, ya habíamos acordado que me retiraría ahora que todo esto ha terminado —dijo Stevens, nervioso ante la nueva información que acababan de darle.

—Tonterías, no podemos perder a un hombre tan valioso —respondió su interlocutor al otro lado de la línea —. No confiamos en nadie más que usted para llevar a cabo este proyecto.

—En ese caso, no puedo decir que no.

 

La creación de una nueva división del ejército, donde colaboraría activamente con otros miembros de los países aliados, emocionaba a Stevens. Las órdenes que había recibido eran claras: debía acudir a Potsdam y, mientras los altos cargos de los países decidían lo que iba a pasar ahora que la guerra había concluido, él se reuniría con su homólogo británico y soviético para discutir cómo llevarían a cabo su nueva misión. Así que allí estaba, esperando a que llegase el momento de la cita.

 

—Resulta curioso que a un reputado general del ejército le guste tan poco relacionarse con los altos cargos del país —dijo una voz tras Stevens.

 

El general se giró y se encontró con el sonriente rostro de Chris, uno de los médicos que habían participado en la operación de su pierna. El conocido doctor Chris Drake era uno de los médicos de guerra más famoso de Estados Unidos. Fue de los primeros en llegar a las principales líneas de combate y uno de los más activos a la hora de ayudar a los heridos; además, era uno de los mejores amigos de Stevens. Al darse cuenta de quién había sido la persona que había pronunciado esas palabras, el general le devolvió la sonrisa y lo abrazó con todas sus fuerzas.

 

—Me alegro mucho de verte, Chris —dijo al separarse de él—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde nuestro último encuentro? ¿Seis meses?

—Siete, si las cuentas no me fallan. He de decir que la última vez que nos vimos estabas de muy mal humor.

—Y no era para menos —respondió el general—: acababas de darme la noticia de que no podría volver a caminar con normalidad. 

 

El doctor suspiró.

 

—Tuvo que ser duro para ti.

—Lo fue, Chris, por supuesto que lo fue. Soy un soldado, lo único que he hecho durante toda mi vida ha sido combatir, y aquel día perdí el sentido de mi existencia.

—Pero todo cambió cuando recibiste aquella llamada —añadió el doctor.

—Así es —reconoció—. He de confesarte que no me hace especial gracia contarle secretos de Estado a británicos y soviéticos, pero la orden de creación de esta nueva división viene dada por el mismísimo presidente, así que no podía decir que no. Además, al enterarme de que tú también participarías en el proyecto, y que podríamos trabajar codo con codo, no pude rechazarlo.

 

Chris sonrió.

 

—No hubieses podido rechazarlo de ninguna manera —afirmó.

—Estás en lo cierto, amigo mío.

 

Los dos hombres comenzaron a caminar, alejándose todavía más del principal foco de atención. 

 

—Contéstame a una pregunta, Chris: ¿qué opinas de trabajar con los soviéticos? —preguntó el general—. En el resto de reuniones y conferencias que se han realizado, han dejado clara su postura, y es muy diferente a la que tenemos nosotros o Reino Unido. ¿Crees que podemos confiar en ellos?

—Bueno, he de reconocer que, en principio, tenía mis reticencias, pero hace poco conocí a una persona que me hizo cambiar de opinión. 

—¿Ah, sí? ¿De quién se trata?

—Es un importante científico soviético, una gran eminencia, lo conocerás en la reunión de hoy. Sus ideas y sus avances en la materia son fascinantes; no cabe duda de que la razón por la que el presidente Truman ha querido que trabajemos con la Unión Soviética en este proyecto es él.

 

Stevens se sorprendió ante esa declaración. 

 

—¡Vaya! Debe ser alguien brillante si ha conseguido que tú te sorprendas.

—Me tienes en muy alta estima, amigo mío —respondió el doctor sonriendo. 

—No es para menos. De no ser por ti, me habrían cortado la pierna aquel día —Se acercó a Chris y bajó el tono de voz—. Por cierto, ¿qué opinas del cometido de nuestra misión?

—¿Cometido? ¿A qué te refieres?

—La idea que ha llevado a la creación de este proyecto —respondió en un susurro—. Los nazis creían que eran una raza superior y ahora nosotros vamos a tratar de crear precisamente eso: una raza que esté por encima de las demás. ¿No te parece una idea… preocupante?

—¡¿Qué?! ¡No! No se trata de eso, William —exclamó el doctor—. Escúchame bien: entenderás todo esto mucho mejor cuando escuches hablar a este científico. Ahora, quítate esa idea de la cabeza, no van por ahí los tiros. Nosotros no somos como Hitler. 

 

El general suspiró aliviado.

 

—Gracias, era lo que necesitaba escuchar.

 

Chris consultó su reloj de pulsera.

 

—Vamos, ya casi es la hora. 

 

Caminaron a través de los pasillos del palacio hasta que dieron con la puerta indicada. Dentro ya había varias personas esperando: un general del ejército británico, al que enseguida reconocieron como Cormac Brown; varios científicos que hablaban en inglés y permanecían en una esquina de la sala y un soldado soviético, que se presentó con el nombre de Orel Nóvikov. 

 

—Bien, ya estamos todos —dijo el General Brown al ver llegar a los estadounidenses—. Podemos comenzar.

—No, todavía no estamos todos —expresó el General Nóvikov en un inglés con acento—, falta mi compañero.

 

En aquel instante, alguien llamó a la puerta. 

 

—Adelante —dijo Stevens.

 

La persona que estaba en el pasillo obedeció de manera inmediata y entro en la sala. Era un hombre delgado, con entradas incipientes y más canas de las esperadas para alguien de su edad. Tenía una profunda barba y llevaba unas pequeñas gafas rectangulares. 

 

—Caballeros —comenzó a decir Nóvikov—, os presento al doctor Alexey Gagarin. 

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